La impaciencia nos lleva a buscar el atajo.

“Cuando se ensalza el éxito conseguido de forma casual, estamos dando un mal ejemplo. Porque enseñamos que el atajo nos lleva al objetivo, pero el atajo normalmente no nos lleva al objetivo.” Estas palabras del entrenador de fútbol Marcelo Bielsa, sirven para ilustrar uno de los grandes males de nuestra sociedad, aplicable a cualquier ámbito (deporte, empresa, desarrollo personal): la impaciencia. Hoy, vivimos en la sociedad de la prisa, del ruido y de la velocidad, dónde buscamos anticipar el futuro anhelando alcanzar los objetivos de forma inmediata. Y, obviamente, para lograrlos, buscamos el atajo, el camino más corto. Sin querer pasar por el proceso, que inevitablemente requiere de la cualidad de la paciencia.

Quizá, por eso, como decía el escritor mexicano Amado Nervo, “la principal causa de los fracasos radica en querer anticipar los éxitos. Y el éxito llega cuando ha de llegar”. Sí tiene que llegar, claro. Porque el éxito, tal y como lo malentendemos hoy, sólo está reservado para unos pocos. Sin embargo, vivimos obnubilados por la imagen de los ganadores, de los que triunfan, de los que se llevan la medalla. Descuidando o directamente olvidando lo que debería ser considerado como el éxito real: la mejora de cada individuo. Algo que inevitablemente pasa por un conocimiento en profundidad de nuestra identidad. De ahí la importancia de saber responder a la pregunta, ¿quiénes somos realmente?

La educación en la Antigua Grecia.

En “Ética a Nicómaco”, Aristóteles expone que la virtud humana no es una facultad, sino un hábito. Y surge como consecuencia de la práctica y el aprendizaje. De tal forma que son los hábitos los que determinan la formación de nuestro carácter, ya sea para bien o para mal. Así, para los griegos clásicos lo relevante era la formación del ser humano en todas sus capacidades. Y el carácter, era esa segunda naturaleza del ser humano, que se iba adquiriendo a lo largo de la vida, a través del esfuerzo, el sacrificio y el sufrimiento. En ese proceso de aprendizaje, la figura del maestro tenía una importancia capital.

El maestro es la persona que se encarga de enseñar algo al alumno. Y esa figura se reverenciaba hasta hace no mucho. Los maestros resultaban ser clave para la formación de la persona. Personas que eran capaces de enseñar en base a su experiencia y conocimiento ligado generalmente al paso inexorable de los años. Pero el maestro no solo enseña algo para que consigas unos resultados. Va más allá y es capaz de dejar algo en el alma del aprendiz. Un legado, un estilo, una marca indeleble. Alguien a quién siempre recordaremos, sin caer en idealizaciones, porque el maestro obviamente también es humano y yerra como cualquiera.

La impaciencia del mal aprendiz

La desaparición de los maestros.

Sin embargo, la sociedad actual promueve otros valores como la autonomía, el empoderamiento, la autosuficiencia o la independencia frente a la interdependencia. Queremos dejar de depender de otros para realizarnos cuanto antes, por esa obsesión por la prisa, la velocidad y la consecución de resultados. Ante esto, el maestro nos molesta. Choca con nuestra prioridad de “hacer” y “aparentar”, para satisfacer nuestro ego, sin hacer caso a lo que otros nos puedan enseñar. La consecuencia es que dejamos de aprender. O mejor dicho, dejamos de tener la paciencia que se requiere para aprender una profesión o desarrollar una vocación.

Por ejemplo, en la Europa Medieval, los aprendices que entraban en los diferentes gremios para aprender una profesión u oficio firmaban un contrato de larga duración con el maestro. El aprendiz se comprometía a obedecer al maestro, acudir al obrador (lugar de trabajo) todos los días, no ausentarse y guardar fidelidad al maestro. A cambio, el maestro ofrecía la manutención del discípulo, le adiestraba y le enseñaba el oficio y le daba cierta compensación económica. La paciencia era un requisito indispensable, para que el aprendiz pudiera adquirir todo el conocimiento, técnica y experiencia en cualquier ámbito de actividad.

Humildad para aprender y paciencia para aceptar el proceso.

Convendría apelar a estas dos cualidades: humildad y paciencia. Humildad para estar abierto a aprender siempre. Evitar la arrogancia del que no quiere escuchar porque cree que ya es experto en alguna materia. Y paciencia para entender que todo lo que consideramos importante en esta vida se adquiere o se logra a través de un proceso, que requiere tiempo. Los griegos apelaban al concepto de kairos, ese momento adecuado u oportuno, en el que algo importante sucede.

Esto es lo que deberíamos entender sí queremos construirnos una identidad sólida y consistente. Aceptar la necesidad de vivir el proceso cuando queremos adquirir una competencia o habilidad que nos permita alcanzar unos objetivos concretos. Evitar la tentación de acudir al atajo. Y poner en valor la importancia que tienen los maestros en el aprendizaje para guiarnos por la senda de la sabiduría.

“Las personas sólidas y consistentes no se improvisan, son el resultado de muchos años de brega.”

(Javier Fernández Aguado)

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