Las convicciones crean convictos…

Uno de los primeros requisitos para cambiar es querer cambiar. O para ser más preciso, estar preparado para cambiar. Y para alcanzar este prerrequisito necesitamos CREER que estamos preparados. Así podemos concluir que todo comienza con una creencia o con un juicio o interpretación subjetiva. Las creencias son verdades para nosotros mismos y en ellas vivimos instalados. Las creencias determinan el mundo en el que vivimos. Así una creencia o la convicción en algo nos expande o nos limita a vivir en función de eso en lo que creemos. Si creemos que estamos preparados para el cambio, cambiaremos. Y si no creemos, no cambiaremos.

De este modo, las creencias que tenemos sobre nosotros mismos o sobre el mundo, tienen efectos en nuestra conducta, comportamiento y desempeño. Algunas de estas creencias nos servirán como recursos, pero otras nos limitarán. La cuestión radica en saber identificar aquellas que no juegan a favor de nuestros objetivos y poder sustituirlas por otras que nos ayuden a lograr lo que deseamos.

¿Qué son las creencias?

Una creencia es un juicio que asumimos como una verdad absoluta y a la que obedecemos, seamos o no conscientes de ello. Las creencias nos fueron implantadas durante nuestra infancia por nuestros padres, abuelos, maestros, amigos, los medios de comunicación, la educación y cultura recibida. Muchas de las creencias que tenemos instaladas están ahí desde mucho antes de que pudiéramos elegir. Y en la mayoría de los casos no fueron verificadas, pero seguimos funcionando con ellas. Más adelante, a través de generalizaciones sobre nuestras propias experiencias fuimos completando nuestro sistema de creencias. Algunas de las creencias más populares entre los españoles son:

  • «Necesito tener a mi lado a alguien que me ame. De lo contrario, ¡qué vida más triste!»
  • «Tengo que ser alguien en la vida, aprovechar bien mis cualidades y virtudes, o seré un fracasado.»
  • «Debo tener un piso en propiedad, o seré un muerto de hambre.»
  • «Lo más deseable es vivir mucho tiempo, por eso es fundamental tener buena salud.»
  • «Debo ir a la universidad, para tener un buen trabajo.»

Un hombre sabio sabe que vive dentro de un paradigma basado en un sistema de creencias. Y elige vivir bajo ese sistema de creencias, cuando comprende que a través de él puede desarrollar todo su potencial y alcanzar los objetivos que se haya planteado. Así es cómo comienza el proceso de cambio, con la capacidad para elegir qué queremos creer, a través del cuestionamiento de nuestras creencias. Pero para conseguir cualquier objetivo, hace falta algo más que saber cómo lograrlo, hay que creerlo.

¿Cómo hacemos a alguien creer que es capaz de cambiar?

En realidad, el cambio de creencias no depende de un coach o de un terapeuta o de un psicólogo. El cambio de creencias depende única y exclusivamente de uno mismo. Cuando alguien tiene una creencia, ninguna evidencia ambiental o conductual le hará cambiar esa creencia. Porque las creencias no están basadas en la realidad, operan a un nivel mucho más profundo de nuestra mente.  

Es inútil mantener una conversación con alguien cree que es incapaz de cambiar porque siente que ya no hay esperanza, o porque se siente impotente, o porque piensa que no vale lo suficiente o no lo merece. Será necesario que la persona trabaje a otros niveles más profundos que tienen que ver con su identidad o con sus vivencias espirituales o transpersonales. Necesitará comenzar a hacerse preguntas sobre quién es realmente (profundizar en su personalidad, cómo se fue formando su identidad, sus patrones familiares, etc). Y también encontrarse con la gran cuestión cuando hablamos de creencias: la capacidad de “creer o no creer”. O tener fe. Y en esto la religión y/o espiritualidad juega un papel transcendental.

La relación entre creencias, aptitudes y conductas

Albert Bandura, psicólogo y profesor de la Universidad de Stanford, tiene un concepto denominado “expectativas sobre la propia eficacia” para explicar las creencias que uno tiene acerca de su propia capacidad para hacer algo y la conducta posterior. Este concepto relaciona dos variables: expectativas con desempeño real. Sus estudios determinaron que sí una persona no cree que lo vaya a hacer muy bien (o sus expectativas son bajas), su desempeño seguirá siendo mediocre.

Por ejemplo, veamos que sucede cuando una persona quiere realizar un cambio en su vida, por ejemplo, cambiar de trabajo o perder peso. Inicialmente, la persona debe creer o tener unas expectativas mayores respecto al cambio que va a realizar. Y efectivamente, al principio se suele experimentar una mejora en el desempeño real, debido a poseer algún grado de competencia inconsciente. Por ejemplo, en un cambio de trabajo puede tener ciertos conocimientos previos que le sirvan. O en un proceso de perdida de peso, puede acompañar la dieta con la realización de ejercicio. De estar forma, nuestras expectativas o creencias respecto al cambio, van de la mano con el desempeño real.

¿Cómo evitar qué caigan nuestras expectativas?

Sin embargo, existe un límite en nuestra aptitud actual que nos impide avanzar hasta que completemos el ciclo natural del proceso de aprendizaje (incompetencia inconsciente, incompetencia consciente, competencia consciente y competencia inconsciente). El reto consistirá en evitar que caigan nuestras expectativas o creencias en el momento crítico donde existe una mayor distancia entre éstas y el desempeño real. Y esto es algo que se produce en el momento en que somos conscientes de nuestra incompetencia o falta de capacidad.

Lo más importante es comprender que las expectativas o creencias asociadas a un cambio no tienen por qué ajustarse a la realidad presente. Su finalidad consiste en suministrar una motivación a fin de que el desempeño comience a elevarse hasta alcanzar las expectativas.

“Si crees que puedes o si crees que no puedes, estás en lo cierto».

(Henry Ford)

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