Cuando el cambio te sorprende.

La Vida no es como tu quieres.

La Vida es cambio. Y lo único permanente que hay en ella es precisamente el cambio. Pero nos sorprendemos cuando la Vida nos trae algún cambio no deseado. Un accidente, una pérdida, un despido, una enfermedad o la muerte de alguien cercano nos deja con ese regusto amargo y tiritando. Incluso situaciones que nos descolocan, pese a no tener la gravedad de las anteriores, nos bloquean. Pensamos que tenemos el control de nuestra Vida, pero ésta se encarga de desbaratar nuestros planes una y otra vez. A través de hechos que no esperábamos, y nos ponen delante de los cambios forzosos. Ese momento en el que el cambio, casi siempre temido, nos sorprende.

 

Y, ahí comienza nuestro dolor y sufrimiento, porque las cosas dejan de ser como a nosotros nos gustaría. Nuestro ego pierde el control. La filosofía oriental encuentra el remedio en esta frase: cooperar incondicionalmente con lo inevitable. Pero, en occidente, desde nuestra mente controladora y la arrogancia que nos caracteriza, nos cuesta mucho aceptar esto. Nos resistimos a aceptar lo que sucede. Y cuanto más nos resistimos más sufrimos. Podemos leer cuentos de sabiduría zen o las enseñanzas que nos dejaron los filósofos estoicos, para entender que no tenemos el control de nada externo a nosotros. Y ante esas circunstancias que nos sorprenden, la única respuesta es la aceptación. Pero ¿qué es aceptar?, ¿en que se diferencia de la resignación?, ¿podemos ver el cambio como una oportunidad para crecer?

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Las emociones y el cambio.

Las emociones son respuestas biológicas que generamos ante determinados hechos. Las emociones afectan a nuestro organismo (taquicardias, sudoración…), nuestro comportamiento (lenguaje no verbal: gestos, corporalidad…) y nuestros sentimientos (que es la etiqueta que le pone nuestra mente a la emoción que sentimos). Las emociones son incontrolables y, por lo tanto, no se pueden gestionar. Pero nos dan una información que necesitamos reconocer. Por ejemplo, sí pierdo a alguien, aparece la tristeza. Sí alguien agrede mis valores, aparece la ira. Y si detecto una amenaza, aparece el miedo. Por lo tanto, incluso estas emociones (tristeza, ira y miedo) que no nos dan placer, pero nos informan, son vitales saber identificarlas, descubrir qué nos dicen y reconocerlas. Esto significa sentirlas y no negarlas. Y pasar un tiempo con ellas.

 

Sin embargo, el problema radica cuando nos agarramos a ellas y las mantenemos en el tiempo, durante mucho tiempo. En ese caso, las emociones se transforman en estados de ánimo, que se vuelven, éstos si, tremendamente negativos. Por ejemplo, pasamos de la tristeza a la resignación, de la ira al resentimiento y del miedo a la ansiedad y la angustia. Y, cuando entramos en esos estamos de ánimo, las cosas se complican, porque dejamos de ser libres y responsables ante lo que sucede. Dejamos de ser dueños de nosotros mismos, para hacernos esclavos de una emoción que no supimos “gestionar”.  Por tanto, reconoce la emoción, pero no te quedes colgado de ella.

 

En el cambio: aceptación Vs resignación.

Aceptar es interpretar que es parte de la vida tener momentos duros que nos llevan a aprender algo. Cuando más rápido nos adaptamos a una circunstancia menos sufrimos. Aceptar no significa ser indiferentes ante lo que nos pasa, ni resignarnos a ser un corderito degollado por las circunstancias de la vida. Ni tampoco “dejarnos ir” sin mostrar ningún tipo de ambición por mejorar y cambiar la situación que nos ha tocado vivir.

 

Aceptar significa no resistirnos desde nuestro interior. Entender que cada situación tiene una explicación, que todas las cosas pasan por un «para qué», aunque ahora no lo veamos, ni podamos entenderlo. Aceptar implica comprender que la vida no te coloca situaciones para castigarte, sino para aprender algo, entender, crecer y luego seguir avanzando. Pero esto requiere que primero aceptes lo que te sucede. Una actitud de madurez, de crecimiento espiritual y humano. Por eso, en el cambio, sea voluntario o forzado, está la semilla del crecimiento, aunque a veces cueste entender y comprenderlo.

 

¿Y ahora qué?

Una vez pasado el shock de ese acontecimiento inesperado o de ese cambio que te sorprende, toca pasar página. Y preguntarnos, ¿y ahora qué? Al final, cada situación comienza a resolverse con cuatro preguntas:

 

  • ¿Dónde estoy ahora, después del tsunami?,
  • ¿Dónde quiero estar, cuál es mi situación ideal?,
  • ¿Qué obstáculos detecto para alcanzar lo que deseo?
  • Y, por último y más importante, ¿qué voy a hacer ahora?

Signo De Interrogación, Pila, Preguntas, Símbolo

Y ante esta última pregunta podemos tomar tres caminos, actuando con responsabilidad, que significa tener la capacidad para responder ante lo que sucede:

 

  • No hacer nada. Dedicar el tiempo a quejarnos de lo injusta y cruel que es la Vida (“no me merezco lo que me pasa”). Y convertirnos en víctimas de las circunstancias.

 

  • Empezar desde cero. Cambiar de vida, de trabajo, de pareja, de amigos, de casa, de país…incluso de planeta, cuando se pueda. Pero los problemas no se resuelven haciendo borrón y cuenta nueva. Aparecerán otras situaciones que nos pondrán de nuevo ante una realidad que no hemos terminado de entender ni transcender.

 

  • Cambiar de actitud y entender qué es lo que quiere decirnos ese cambio que nos ha sorprendido o esa situación inesperada. Este es el camino más difícil y menos transitado, porque es el que exige un cambio interno. El que nos lleva a conocernos más y mejor y hacer algún tipo de cambio en nuestra identidad (comportamientos, creencias, valores, etc).

 

 

“Las preguntas aumentan nuestra consciencia y responsabilidad.”

(Imanol Ibarrondo)

 

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